Laboratorio de terminaciones y relatos
Por primera vez: choapinos reunidos.
Mayo otoñal. Nos volvemos a encontrar en un laboratorio especial: por fin podríamos ver cómo avanzan las piezas tejidas.
El frío se hacía sentir en la sede comunitaria, y es que el fuego de la combustión recién comenzaba a arder. Una a una comenzaban a llegar las amengualinas, algunas desde la misma villa, otras bajando desde el campo. Contando sobre sus hazañas textiles de las últimas semanas: lograr teñir los colores de las especies y nunca perder la fe en terminar el eterno choapino. Algunas eligen tejer después de almuerzo en medio del silencio doméstico y otras prefieren avanzar de noche, cuando la villa completa se calma.
Para no congelarnos conversando, hicimos un rápido cambio de planes, decidimos comenzar con una dinámica de baile y virtudes para activar el cuerpo y el corazón, un clásico de nuestros Laboratorios Creativos de Oficios Textiles.
A cada artesana le entregamos un lápiz y una hoja blanca con una lana amarrada, la que debían colgarse desde el cuello hacia la espalda. Cuando comenzaba a sonar la música que ellas mismas elegían, desde Mate Amargo hasta Los Vásquez, las invitamos a moverse bailando y cantando, hasta que de pronto la canción se apagaba. Al más puro estilo “congelado”. Momento para encontrarse con la compañera de al frente y escribirse una a una en las espaldas una virtud o habilidad que valoremos de ella. Sin pronunciarla en voz alta. Y así, otra canción, otra pausa, otra compañera nueva para regalarle una virtud en su hoja blanca. Una y otra vez. Hasta que logramos entrar en calor, con humor y compañerismo; olvidando cualquier preocupación que contaminara nuestros pensamientos matutinos.
Luego, llegó el momento de ver la hoja y leer los mensajes anónimos. Rostros sonrientes, sorprendidos, orgullosos. ¿Cuántas veces nos damos el tiempo para decirnos cosas lindas entre compañeras de la agrupación? Seguramente no tan seguido. «Buena líder», «generosa», «buena tejendera», «alegre», «buena amiga», «preocupada» y tantas otras características aparecieron en el ejercicio.
Ya estábamos listas para comenzar a trabajar. Ahora sí, nos pusimos en modo textil. Cada artesana desenvolvió su choapino, algunos a medio hacer y otros casi listos, pero todos muy encaminados. Los desplegamos con cuidado y emoción en una gran mesa para ver por primera vez la colección completa. Los choapinos reunidos. Fue impresionante ver las mismas plantas que habíamos explorado hace unos meses en el bosque templado con lupa en mano, ahora tejidas nudo a nudo por las artesanas, siguiendo los colores y formas de cada especie elegida.
Hicimos una ronda de relatos, para desentrañar la historia detrás de cada pieza tejida y profundizar en los usos culturales del bosque templado, como habíamos conversado previamente con Josefina Hepp. ¿Qué especie la inspiró? ¿Qué conocimientos tiene de esa flor, árbol o helecho? ¿Cómo se relaciona con ella? Además de ahondar en el proceso de teñido y tejido y lo más importante: en que se parecía la especie a su creadora o la creadora a la especie (pregunta muy al estilo Pulso Austral).
Porque finalmente lo que hace singular a esta colección textil no es solo el resultado botánico y estético, sino la relación que cada artesana construyó con la especie que eligió para tejer.
En varios casos, la planta terminó siendo un retrato.
Tamara Aravena eligió el espino negro o arrayán macho (Rhaphithamnus spinosus), que crece firme y alto junto a su gallinero y protege a sus aves de los depredadores. «El arrayán macho tiene espinas y se protege. En eso se parece a mí», comentó.
Verónica Ainol tejió la hierba del lagarto o calahuala (Synammia feuillei), un helecho que crece sobre troncos en zonas húmedas. «Así me siento yo: importante para mi comunidad y mi hogar, como este helecho lo es para el bosque», compartió con el grupo esa mañana femenina.
Su hermana, Gladys, tejió un choapino con la flor de la palmilla o huinque (Lomatia ferruginea). “La palmilla tiene tantos usos, sirve para todo y yo también tengo muchos talentos, hilo, tiño, tejo, costuro, dibujo, siembro, cocino y hago ponchos”, nos comentó.
Y, entre otras, Julia Vargas tejió un choapino inspirado en el ciruelillo o notro. «Yo soy resistente y fuerte como el ciruelillo, a la edad que tengo hago todas mis cosas en el campo», concluyó.
Con cada narración, nos emocionamos y aprendimos, no solo de las plantas sino también de ellas. Entre medio, otra de las artesanas nos hizo reír a carcajadas comentando que ella era rica y sabrosa como la nalca. Las queridas artesanas amengualinas tienen ese poder, de volver cada laboratorio que compartimos un momento de alegría, reflexión y sabiduria.
Después de esas creativas descripciones, que yo (Cata Camus) iba anotando a toda máquina en mi cuaderno, fue el turno de la diseñadora Ale Chaparro, para que hiciéramos una revisión de las terminaciones de los choapinos y un control de calidad colectivo. En dos grupos, tomamos las medidas a las piezas, revisamos el reverso -cuyo tejido es tan hermoso como el lado original-, nos fijamos en que los flecos estuviesen parejos, en que el choapino estuviera suficientemente tupido sin vacíos de tejido y así todos los detalles que pudieran afectar la calidad de la pieza. Había un acuerdo previo, la revisión la haríamos siempre desde la empatía y generosidad, y sería liderada por las mismas artesanas quienes observaron detenidamente las piezas y fueron devolviéndole a cada creadora.
Los últimos minutos del laboratorio fueron para compartir un café y una rica pizza, y alcanzar a coordinar la entrega de los choapinos para las próximas semanas. Quedaban algunas semanas más para seguir tejiendo nudo a nudo, con toda la paciencia del universo. Una misión tan minuciosa como hermosa. Algunas estaban nerviosas, nosotras estabamos seguras que lo lograrían. Porque si alguna de las artesanas llegaba a necesitar apoyo con manos de tejido, las compañeras estarían para ella. Así son las Flores del Chilco.
El próximo paso era volvernos a encontrar en Coyhaique con la colección lista para ser montada y exhibida en el Museo Regional de Aysén. Momento siempre tan esperado.