Un paseo por el nacimiento del río Simpson

Por Anna Astorga Roine, ecóloga CIEP.

Los ríos y sus redes hidrográficas conforman un continuo que desciende desde las cumbres hasta el mar. En ese trayecto, el agua cambia en sus características según la geología, la cobertura de los suelos y la suma de los pequeños afluentes que confluyen en su camino. Para comprender las dimensiones físicas, químicas y biológicas de un río completo, no basta con observarlo en un solo punto: lo ideal es recorrerlo, acompañar su viaje desde el nacimiento hasta la desembocadura. Con ese espíritu, emprendimos un paseo familiar hacia la fuente del río Simpson, vecino cercano de nuestra vida cotidiana.

Se cuenta que, antiguamente, el Río Simpson era conocido como Río Huemules. El paisaje en torno a sus nacientes —como en gran parte de la región— es en parte la herencia del retiro glaciar ocurrido hace unos diez mil años. Al derretirse, el hielo fue de a poco convirtiendo a los arroyos en ríos que arrastraban rocas y sedimentos. Las piedras más pesadas se fueron depositando cerca de los glaciares, mientras que las arenas y limos viajaron más lejos, formando amplias llanuras como las que hoy caracterizan las partes altas del Huemules y los alrededores de Balmaceda.

Nuestro paseo coincidió con un día excepcional: soleado y sin viento, algo poco común en una zona acostumbrada al soplo persistente. Gracias a la cercanía del camino y a la facilidad de acceder con nuestras pequeñas balsas inflables (packraft), decidimos entrar por el río Oscuro, tributario del Huemules. Así fue como descendimos por el Río Oscuro, hasta llegar al Huemules y luego, aguas abajo hasta la estación de la DGA, justo frente al Refugio Los Ñires. Un trayecto sereno, de poco más de tres horas. Ambos ríos atraviesan la llanura formada por arenas y limos, arrastrando sedimentos que pintan sus aguas con distintos tonos. La escasa pendiente y la abundancia de sedimentos finos hacen que el cauce se curve, dibujando meandros que, con los años, se van modelando por la combinación de erosión y deposición.

Mientras remamos, descubrimos que navegábamos también una frontera: en este sector, el curso del río define el límite entre Chile y Argentina. El Huemules es el eje de la llanura, pero su huella se dispersa en antiguos canales y lagunas, vestigios de cauces pasados que hoy conforman extensas áreas húmedas. En otoño y primavera, estos humedales se transforman en un verdadero festín para las aves migratorias y residentes. Aunque olvidamos los binoculares, tuvimos la suerte de ver flamencos chilenos, caiquenes, teros, becacinas y varias especies de patos. Según registros de eBird Chile, desde 2021 se han identificado allí 81 especies, lo que convierte a este rincón en uno de los sitios más ricos en avifauna de la región.

Al finalizar el descenso, dejamos el agua atrás y nos subimos a las bicicletas para pedalear río arriba en busca del auto. Fue uno de los paseos más hermosos que he vivido en Aysén: el silencio de la pampa, los destellos rosados de los flamencos en las lagunas, el sol cayendo en el horizonte, la luna llena ascendiendo desde el este… y la certeza de haber conocido un lugar donde la biodiversidad, paisajes e historia fluyen en un mismo cauce.

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