El día en que el río llegó al museo
Todo comenzó afuera, en el patio de Cocina de Peones. Con fogones encendidos y el aire frío de Coyhaique, la gente fue llegando de a poco hasta reunirse casi ciento cincuenta personas. Un 7 de mayo que no olvidaremos.
Antes de entrar, el río necesitaba ser nombrado. Al ritmo del Hang Drum de Nicolás Aguad, Florencia Benítez de Cicleayque y José Chiguay del Club de Remo se sumaron al equipo del proyecto para declamar entre el público presente: una a una, qué es el Río Simpson para cada quien:
«Es un archivo que nos permite viajar en el tiempo.» «Es un hogar de seres humanos y no humanos.» «Es un ser vivo generoso que sostiene la vida de nuestra comunidad.» «Es memoria.» «Es inspiración.» «Entrelaza saberes que hoy habitan una obra textil, donde fibras, texturas y colores cuentan la historia de este proyecto.»
Las palabras se mezclaron con el humo y la música. Cuando terminaron, en silencio, entramos todos juntos a la sala.
La ambientación nos recibió como el río en una mañana de niebla: misteriosa, envolvente, quieta. Una bruma suave llenaba el espacio, y entre ella aparecían los tejidos, los textos en los muros, la línea de tiempo que traza el pulso científico e histórico del Simpson a lo largo de los años, y el muro que da cuenta de sus afluentes, esos hilos de agua que lo alimentan desde los cerros y los valles de la cuenca.
Los visitantes recorrieron despacio. Leyeron, tocaron, se detuvieron. Hubo conversaciones en voz baja, se sintió un ambiente de contemplación y recogimiento. De a poco, la gente comenzó a pasar a la sala de procesos. Y ahí la noche se abrió de otra manera.
Un gran muro de datos bordados recibía al visitante: información comunitaria traducida en hilo. Más allá, unas cortinas sensoriales invitaban a sumergirse literalmente en las aguas del Simpson —textura, sonido, luz— un instante de inmersión total. Había un rincón para dejar deseos al río, otro para seguir bordando datos, continuando en vivo el trabajo que los laboratorios creativos que habían iniciado meses antes. En el rincón científico, un microscopio permitía observar los macroinvertebrados que habitan el río, esos pequeños seres que son bioindicadores de su salud, junto a las especies bordadas y creadas en patchwork por los participantes de los encuentros comunitarios. Y al final, un gran gráfico esperaba las impresiones de quienes habían recorrido todo el camino: una última capa de participación, una firma colectiva.
Terminado el recorrido libre, volvimos a reunirnos. Esta vez alrededor de la voz y la guitarra de Nicolás Aguad, que tomó la palabra musical. Sonó Oración del Remanso de Jorge Fandermole —esa canción que habla del agua como algo sagrado y cotidiano a la vez— y luego, como ya había ocurrido antes, volvimos a cantar todos juntos Soy Agua. La misma canción que cantamos en el lanzamiento del proyecto hace más de un año. La misma que volvió a sonar en uno de los encuentros comunitarios junto al río. Hay algo poderoso en una canción que reaparece en los momentos importantes: se convierte en hilo conductor, en memoria compartida, en ritual propio.
Fue en ese clima, con la música todavía flotando en el aire, que tomaron la palabra quienes han llevado este proyecto desde adentro. Catalina Camus habló desde Pulso Austral sobre el camino recorrido y el sentido profundo de hacer arte desde y para el territorio. Anna Astorga lo hizo desde el Centro CIEP, reconociendo el valor de una investigación que no se queda en los papers sino que dialoga con la comunidad. Y Gustavo Saldivia, director del Museo Regional de Aysén, cerró con las palabras de quien abre las puertas de la memoria colectiva: las del museo como espacio vivo, como punto de encuentro entre el pasado y el presente de Aysén.
Cuando salimos de nuevo al frío y miramos alrededor, entendimos lo que había pasado. No había sido solo la inauguración de una exposición. Había sido un homenaje: al río, a quienes lo cuidan, a quienes lo estudian, a quienes lo tejen.
Un año y medio después de comenzar este proyecto, todo confluyó en ese lugar, como confluyen los afluentes en el Simpson. Desde Pulso Austral y CIEP, estamos profundamente agradecidos de cada persona que recorrió este camino —los que llegaron desde el principio y los que llegaron esa noche por primera vez.
Creemos en el trabajo colectivo y transdisciplinario. Creemos en el poder del arte y la ciencia caminando juntos. Y creemos, sobre todo, en los ríos y en las comunidades que los eligen como hogar.
Somos muchos tejiendo el Río Simpson.