La lana se tiñó en el bosque

Antes de siquiera urdir el telar o montar un punto en el palillo, hubo un largo camino que recorrer. Y en este proyecto, ese camino nos llevó desde las orillas del Simpson hasta el corazón del bosque amengualino, en torno al río Cisnes.

La lana que da vida a esta obra viene de Friendly Wool, empresa regional cuya fibra, aunque hilada en el norte, nace de ovejas que pastan en la Patagonia, algunas de ellas en la misma cuenca del río que estamos tejiendo. Ya desde ahí, hay algo circular y hermoso en esto: el paisaje que se representa ya estaba, de alguna manera, en la fibra.

Pero las madejas llegaron en colores naturales y el Simpson no es un solo color. Es café oscuro en sus fondos pedregosos, verde musgo en sus orillas,  azul brillante donde la luz lo atraviesa, ocre y dorado en el verano, casi gris plateado en el invierno. Para lograr esa paleta viva e irrepetible, necesitábamos a alguien que supiera leer el bosque como un libro de tintes.

Las artesanas de la Agrupación Flores del Chilco de Villa Amengual que se sumaron a este proceso fueron Tamara Andrade, Verónica Ainol, Gladys Ainol, Anita Figueroa y Yolanda Cortés. Cinco mujeres que llevan el conocimiento del bosque nativo en las manos y la memoria. 

El trabajo se organizó en tres encargos distintos: uno en septiembre, otro en noviembre y el último en febrero. Cada vez, la lana viajaba a Amengual, se pesaba, se repartía y cada maestra se hacía cargo de sus colores estrella. Y cada vez que volvía a Coyhaique, nos encontrábamos con algo inesperado y maravilloso.

Porque el bosque no entrega los mismos colores todo el año.

Las hojas de otoño dan lo que no dan las de primavera. Las raíces de invierno guardan pigmentos que el verano diluye. Los frutos cambian. Las cortezas también. Lo que en septiembre era un verde suave, en febrero podía transformarse en un amarillo intenso. Las artesanas lo saben de memoria, pero para nosotras fue una revelación que se repitió tres veces.

Las plantas que pasaron por sus manos fueron recolectadas por ellas mismas, con criterio y con cuidado: calafate y michay en ramas, hojas y frutos, cochinilla, palmilla o huinque, chilco, tepa, ciruelillo, corcolén, canelo, zarzaparrilla. Y también, con esa sabiduría práctica que no distingue entre lo silvestre y lo doméstico, cáscaras de cebolla y flores de hortensia.

El resultado fue una gama que nos dejó sin palabras: cafés profundos como el chocolate, otros claros casi dorados, verdes de todas las intensidades, amarillos estridentes y pálidos, rosados sutiles y muy sorprendentes rojos y morados que nadie esperaba.

Cada tintorera guarda sus propias fórmulas y hay misterios que no revelaremos. Pero podemos decir que entre los mordientes que regulan y fijan los colores están el vinagre, la piedra lumbre, el limón y el bicarbonato. Usados con precisión en esta suerte de alquimia vegetal, determinan la intensidad del tono y garantizan que la lana no sangre al mojarse. Y antes de todo eso, un paso que no puede saltarse: el remojo en salmuera, herencia de las antiguas, para que la lana no se apriete con el calor.

Son saberes que no están en ningún manual.

Esta obra no sería lo que es sin Tamara, Verónica, Gladys, Anita y Yolanda. Sin sus manos en el bosque, sin sus peroles al fuego, sin su conocimiento acumulado durante años de práctica y experimentación. Nos regalaron su tiempo, conocimiento y dedicación ¡y al Simpson todos sus colores! 

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